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Dar baloncesto, recibir vida
Ligas de alto nivel; competitividad y grandes equipos y jugadores rodean al baloncesto en este primer mundo que conocemos. Pero más allá de todo esto existe otra realidad, mucho más dura, que nos resulta totalmente ajena. Carme Lluveras, directora general del Ros Casares, estuvo en Mozambique y Costa Rica a través de Solidaridad Olímpica, órgano del COI que promueve programas de acercamiento a países menos desarrollados, para la promoción y el reconocimiento del deporte. En el país africano, la entrenadora catalana vivió una experiencia “que cambió por completo mi enfoque de la vida”, mientras en San José trabajó “con entrenadores de las selecciones nacionales y de la liga superior”


Carme Lluveras vivió la dura realidad de Mozambique

La verdadera derrota es no intentarlo, y un triple del rival en el último segundo no es nada más y nada menos que una mala defensa. O un gran acierto. El bienestar en el que vivimos se manifiesta también y muy especialmente en el lujo de ver, escribir y puntuar jugadas, resultados y títulos con adjetivos que solo el hábito nos permite utilizar sin rubor. El deporte, nuestro baloncesto, el baloncesto del pretenciosamente llamado primer mundo tiene ya demasiados años, conocimientos y alumnos como para no salir a experimentar como respiran fuera de la burbuja de la modernidad. Solidaridad Olímpica, órgano del COI fundado en 1961 lleva algunos años desarrollando, conjuntamente con las federaciones internacionales y los Comités Olímpicos Nacionales, programas de acercamiento en los que se procura fomentar los principios del movimiento olímpico y dar a conocer saberes técnicos y prácticos a deportistas y entrenadores en países como Islandia, Albania, Escocia, Argentina, Malta, Mozambique, Arabia Saudita, Costa Rica o Nueva Zelanda. Llanamente, programas para la promoción y el reconocimiento del deporte en distintos países, algunos de los cuales viven una realidad de muchos matices y pocos colores.

A disposición de este menester se puso hace cuatro años Carme Lluveras, actual Directora General del Ros Casares, a personalizar cuando el profesionalismo se lo permitiera esta aproximación del deporte donde apenas sí hay alguna sonrisa escondida detrás del tiempo. “La FIBA, a modo de enlace con Solidaridad Olímpica te llama y te propone el destino. Te explican qué tipo de curso quieren para la ocasión y te dan unas coordenadas de cómo está la situación en el país en cuestión. Todo ello, aproximadamente un mes antes de la celebración del evento para que puedas preparar y organizar el cometido”.

Ciertamente se trata de un evento, tanto en Mozambique como en Costa Rica, los dos destinos en los que Lluveras ha impartido magisterio. Muy especialmente en el país africano, un pedazo de geografía en el continente más hostigado del planeta con suficientes años de guerra civil como para dejar en macabra anécdota que más del 70% de la población existe por debajo del umbral de pobreza. Una realidad palpable en setiembre del 2004, cuando Lluveras llegó allí, que sin embargo no evita que el país tenga una liga femenina de baloncesto organizada, con ocho equipos y la esponsorización de mCel, primera compañía de telefonía móvil del país –en África faltan infinidad de cosas, pero sobran los contrastes; que en muchos sitios no conozcan el agua potable no impide que sepan lo bien que funciona un celular.

Algunos de esos entrenadores estaban entre los asistentes del curso “preparado y programado como cualquier otro de los que damos en nuestro baloncesto, con clases teóricas y prácticas de mañana y tarde”. La entrenadora de Hospitalet había pedido el material necesario, las pistas, los balones y el número de jugadores, e incluso se atrevió con poner en la lista el Power Point, pensando que Quelimane, núcleo de un millón de habitantes que iba a acoger el programa, sabría de qué le estaba hablando. “Me habían avisado sobremanera, pero tanto el nivel deportivo como el de infraestructuras era mucho peor de lo imaginado. Desde el primer día tuvimos que bajar el nivel de exigencia e incidir y trabajar en la enseñanza de los aspectos básicos del baloncesto”.

Una primera jornada que arrojó a Lluveras a las verdaderas lecciones que se daban en Quelimane, lecciones en las que ella no pasaba de ser una inocente alumna de primaria. “Fue una experiencia que cambió por completo mi enfoque de la vida. Siempre decimos que una cosa es lo que ves y otra muy distinta vivir el día a día. Y la verdad es que no sabes qué se quiere decir realmente con esta afirmación hasta que este día a día no te rodea”.

Diez balones hermanos de los que se usaban aquí hace más de 30 años en una pista de hormigón compacta e irregular, colmada con tableros de madera y ventanas de suciedad. Una precariedad total; un lujo completo. En el primero de los quince días programados de curso Lluveras tenía con ella a 10 alumnos. Por la tarde había 15 y al cabo de tres días no menos de 40. Y el traductor que tenía asignado pronto perdió su razón de ser: con algunos gestos y menos palabras se entendía todo. La presencia de alguien desconocido en su casa, de alguien que no solo estaba allí sino que había venido con el propósito de ofrecerles algo, de enseñarles a jugar era mucho más que extraordinario. Era un evento en toda regla, de una magnitud insondable: “A los dos o tres días se me caían las lágrimas. Fue muy dramático para mi, al tiempo que era una alegría indescriptible para ellos. Al final había mayoría de niños, muchos de ellos descalzos, y de gente más que humilde con el único propósito de participar de algo absolutamente excepcional en su vida”.

Intentar reconducir la situación al fin inicial no solo no era posible, sino humanamente “intolerable. Mandé comprar balones para toda esa gente, unos 100. Su felicidad era total, casi completa y tú sin embargo te marchas de allí sintiéndote francamente mal. Llena por lo que, de nuevo, el baloncesto te ha dado, pero vacía por haber conocido una impotencia que desconocías en tu persona”. Pasó un año entre ese septiembre y el viaje a Costa Rica, y pasaron también las oportunidades, por esto o aquello, de ir a Bahrein y las Islas Seychelles como años antes había pasado también la ocasión de conocer la vida y el baloncesto de Omán.


En San José, Carme Lluveras trabajó con las jugadoras júnior de la selección costarricense

En San José, los hechos se acercaron más a las palabras, y Lluveras pudo trabajar con entrenadores de las selecciones nacionales y de la liga superior. Explicar y ejemplificar con las jugadoras júnior de la selección costarricense “el trabajo de los entrenadores en las distintas etapas de formación”. Un temario próximo a lo que en España constituye el Nivel 2, la enseñanza de la “organización de los entrenamientos, los fundamentos individuales y de equipo, la dirección de partido, la estrategia, etc. Así mismo, incidimos en el componente mental del juego, en la psicología pre, durante y post-partido”.

Volvieron a ser dos semanas que, esta vez sí, acabaron con los mismos 35 alumnos del primer día, “con un nivel de conocimientos más bajo de lo inicialmente esperado”, con las instalaciones y los utensilios procedentes, y en un país increíblemente americanizado en donde “el salto o choque cultural que viví no fue nada al lado de lo que había padecido en Mozambique”.

Aún sin salir de la precariedad, el caso fue que Lluveras jamás iba sola de un sitio a otro, “porque la inseguridad y el hurto forman parte de la normalidad más elemental” –la gradación de vivir a la sombra del sueño americano donde no tienen pero conocen, a hacerlo en Mozambique, donde ni tienen ni conocen.

Custodiada también para ir a la Universidad de Costa Rica, a la facultad de Educación física y de deportes para dar una ponencia (Fundamentos básicos del baloncesto en las categorías de formación) “a profesores y alumnos, unos 60. Recuerdo la experiencia como algo especialmente bonito. Estaba como conferenciante en nombre del COI y antes de empezar hubo un momento de solemnidad y protocolo en el que se tocó el himno olímpico. No es lo mismo, pero para mí, que no he participado en unos Juegos, fue algo muy emocionante, único”.

Como lo fue el recibir por parte de miembros del comité olímpico y del mismo gobierno de Mozambique la propuesta de dirigir a la selección nacional femenina durante cuatro años, “en un proyecto demasiado sacrificado para mí. Significaba estar al frente de la selección preparando y disputando los juegos africanos, los de la Commonwealth y el preolímpico con el objetivo de acceder a los Juegos de Pekín, una empresa que llevaba como condición ir a vivir a Mozambique. Un orgullo, pero excesivo”.

Algo que llegó de la mano del rencuentro con Clarisse Machanguana, ex-jugadora del UB Barça a quién Lluveras cortó a media temporada 2002/03, “no por sus malas prestaciones, sino porque creí que Razija Mujanovic nos aportaría un plus para llegar al título que Clarisse, jugadora WNBA, no tenía. La mayoría de jugadoras no lo hubieran aceptado, pero no fue su caso”. Ni mucho menos. El Secretario del Comité Olímpico del país africano llamó a la jugadora a la llegada de Lluveras y al cabo de cinco minutos Machanguana estaba en la embajada. “Fue mi cicerone improvisada, y todo fue mucho más llevadero”.

Aquel hecho, el día a día en otra dimensión de la vida o las relaciones con la gente corriente así como con los altos cargos, “gente que la experiencia me ha permitido conocer y con la que, en ciertos casos, mantengo el contacto y una relación. Esto y el poder colaborar con la FIBA y Solidaridad Olímpica es para mi lo mejor de todo. Un honor al tiempo que un verdadero privilegio”.

Una exclusiva al fin y al cabo a la que, mientras sus contratos profesionales se lo permitan, Carme Lluveras no piensa renunciar. Como nadie renuncia a jugar un partido en el que sólo se puede ganar.

Jordi Plà
Periodista de El 9 Esportiu

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