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Croacia: La perla balcánica
Llaman a Dubrovnik "la perla del Mediterráneo", una afirmación que cuadra baloncestísticamente con Croacia, un país que siempre ha producido talento y baloncesto en estado puro. La clase y las estrellas no han faltado nunca en el país balcánico, que sin embargo no sabe lo que es un gran título. La mala suerte y la incapacidad para imponerse en el momento de la verdad han lastrado históricamente a un equipo que ha padecido como pocos las 'deserciones' de sus estrellas. Pablo Maroto nos ofrece una perspectiva global del baloncesto croata


Tony Kukoc, uno de los grandes héroes croatas

Croacia ejemplifica a la perfección lo que se entiende como “escuela balcánica”, en tanto que se ha caracterizado por ser un país generador de multitud de grandes jugadores dotados a nivel general, de un terrible talento natural, afán competitivo, carácter ganador y excepcional tiro exterior.

Hasta que el país consiguió su escisión de Yugoslavia, el baloncesto croata quedaba excepcionalmente representado a nivel de clubes, siendo el verdadero paradigma el Cibona de Zagreb, que en los años 80 se convirtió en uno de los equipos de referencia en el Viejo Continente (2 Copas de Europa y 2 Recopas en esa década le avalan) y que aglutinó en un amplio sector de sus seguidores parte del creciente sentimiento nacionalista de esta República. Al final de la década, el baloncesto de Croacia tuvo en la turística ciudad de Split, en plena costa dálmata, su verdadero filón con el irrepetible Jugoplastika (también llamado Pop 84) que llegó a coronarse hasta tres veces consecutivas (1989, 1990 y 1991) como campeón europeo y que simbolizaba una armonía étnica (en el equipo coexistían como una piña croatas como Toni Kukoc o Dino Radja, serbios como Zoran Savic o Zoran Sretenovic y montenegrinos como Dusko Ivanovic) que por desgracia tenía las horas contadas con motivo de las guerras que se avecinaban.

Curiosamente el período más turbulento de la historia de Croacia, tras proclamar su independencia (finales de 1991), hecho que conllevó el inicio de una cruenta confrontación bélico-civil, coincidió con los mejores años de su baloncesto. Entre 1992 y 1996, los croatas se convirtieron (también aprovechando las sanciones deportivas que cayeron sobre Yugoslavia), en los herederos naturales de este baloncesto balcánico, y en uno de los equipos referencia en competiciones FIBA. Su exitosa participación en Barcelona’92 así lo atestigua, ya que fueron capaces de ganar a todos los equipos de su nivel (el “Dream Team” competía “fuera de concurso”) y conseguir una medalla de plata que casi sabía a oro y que fue un verdadero desahogo para un país que vivía una situación realmente complicada.

Sin duda todo el engranaje de estos años giró entorno a la figura de Drazen Petrovic. Poco se puede añadir de este genial y controvertido ex jugador que no se haya escrito ya. Su capacidad deportiva y de liderazgo (hizo que un conjunto con tanto talento y egos funcionara como un verdadero colectivo) tuvieron mucho que ver con la plata de Barcelona, aunque la importancia que el ”genio de Sibenik” tuvo para su país trasciende lo puramente deportivo para instalarse dentro del mito. El funeral de Estado que recibió tras su trágica muerte en accidente de tráfico, sucedido el 7 de junio de 1993 en una autopista cercana a Múnich, así lo atestigua. Además, el ex jugador de Cibona, Real Madrid, Pórtland Trail Blazers y New Jersey Nets es el único deportista del mundo al que se le ha dedicado un museo personalizado, situado en una céntrica plaza de Zagreb que lleva su nombre, y frente al pabellón del equipo en el que se convirtió en estrella, al que también da nombre.

La muerte de Drazen Petrovic supuso un durísimo varapalo, aunque Croacia probablemente aún contaba con el equipo más fuerte del planeta, Estados Unidos aparte. Y es que enfrentarse a los Toni Kukoc, Dino Radja, Velimir Perasovic, Arijan Komazec, Danko Cvjeticanin, Stojko Vrankovic, Alan Gregov, Franjo Arapovic o Vladan Alanovic era algo que la mayor parte de selecciones preferían evitar. Y resulta increíble que esta pléyade de talentos no pudiera alzarse con ningún título mientras compitieron juntos. Pero así fue, probablemente por su tremendo carácter anárquico, por la poca capacidad de desarrollar un juego colectivo, por la ausencia de un líder aglutinador, unido a un indudable componente de mala suerte. Su demoledor balance de victorias-derrotas (24-3) en partidos oficiales en los siguientes tres años contrasta con el hecho de no haberse subido a lo alto de ningún podio.

En el Eurobasket de 1993, en Alemania, un mal día en semifinales frente a Rusia (76-84 en la única derrota cosechada en los nueve partidos que disputaron) les llevaría a la final de consolación, en la que consiguieron el bronce tras ganar a Grecia. Los balcánicos sentirían un año después, en el mundial de Canadá ’94, una extraña y poco agradable sensación de “dejá vu”. Tras ganar con insultante holgura todos sus partidos previos (el equipo que mejor parado salió fue Australia, al que “sólo” ganaron por 14 puntos), la Rusia de Bazarevich y Babkov se volvía a cruzar en el camino de semifinales, imponiéndose en un taquicárdico partido por 66-64. Otra victoria ante Grecia (78-60) aseguraba el nada desdeñable aunque menos preciado de los metales.
Croacia se presentó en el Eurobasket de Atenas ’95 con el oro como único objetivo. Ya con Yugoslavia en competición, los croatas pretendían demostrar su hegemonía continental, y más con el aliciente de la presencia de sus ex compatriotas tras años de sanciones. Pero la historia volvería a repetirse. Tras una primera fase inmaculada (en la que aparte de desquitarse de Rusia, su bestia negra, coincidió con duros rivales como España, Francia o Eslovenia) y unos cuartos de final sin excesivos agobios frente a Italia, esta vez sería Lituania la que privaría a Croacia de una final. El meritorio bronce logrado ante la anfitriona Grecia (¡otra vez!) volvía a dejar un poso amargo.

Los Juegos de Atlanta’96 serían testigos del final de una era. Una imprevisible derrota en cuartos frente a Australia (71-73) marcaría un importante punto de inflexión. La incapacidad croata de contener a la estelar dupla de los “Boomers” formada por Shane Heal y Andrew Gaze, supuso el inicio de una larga travesía del desierto. Los integrantes del “núcleo duro” del éxito de Barcelona 92 ya habían alcanzado una edad considerable y la mayor parte optó por finalizar su carrera internacional tras el fiasco de Atlanta. Pese a que una nueva “hornada” de más que aceptables jugadores (Zan Tabak, Damir Mulaomerovic, Davor Marcelic, Slaven Rimac…) estaba ya en la recámara, Croacia fue una de las primeras selecciones en verse implicada por la hoy en día tan habitual costumbre de las “espantadas” y “deserciones “a la hora de acudir a las convocatorias de los grandes eventos, y pasó sin pena de gloria por diversos campeonatos. Los Eurobasket de España’97 (undécimos clasificados) y Francia 99 (novenos, aún contando con la presencia de Toni Kukoc) fueron el inicio del declive croata, causado por su propia crisis de identidad y también por la emergencia de nuevas potencias (Alemania, Turquía, Francia, Eslovenia, etc…) en el concierto europeo.

Pese a esta serie de reveses, el baloncesto como deporte no se vio excesivamente dañado. A finales de diciembre de 1999, en plena etapa de reveses para el basket del país, los medios de comunicación hacían pública una encuesta realizada por la Televisión Nacional de Croacia (HRT) cuyo objeto era el designar a los mejores deportistas croatas del siglo. No es demasiado sorprendente que Drazen Petrovic acabara en primera posición, pero la inclusión del también fallecido Kresimir Cosic (la fama de éste último llevó a las autoridades del país a darle su nombre a un popular castillo del siglo XVII ubicado en la isla de Ugljan) en segundo lugar y la sexta posición de Toni Kukoc (en una lista en la que por ejemplo el tenista Goran Ivanisevic, aparecía tercero, y el futbolista Davor Suker, que acababa de llevar a su selección al tercer puesto del mundial de Francia, ocupaba el decimotercer lugar) habla bien a las claras del inalterable peso específico que el deporte de la canasta tiene en el país.

Y es que, pese a todo, la cantera croata no se ha dado un respiro en estos años. Veljko Mrsic, Gordan Giricek, Sandro Nicevic, Mario Kasun, Marko Popovic, Zoran Planinic Nikola Vujcic, y la prometedora nueva era que lideran los Marko Tomas, Damir Markota y Roko Leni Ukic son solo algunos ejemplos. En el Eurobasket de 2005, en Serbia, fue la única vez que Croacia alineó a su equipo de gala en todos estos años. Tras desplegar un buen baloncesto todo el torneo, los ex yugoslavos caerían en la prórroga (101-85) frente a España en un partido salpicado por la polémica (jugadores, técnico y prensa croatas cargaron duramente contra el arbitraje), que a la postre supuso la amenaza de algunas de sus estrellas (en especial Giricek y Vujcic, sus dos mejores jugadores) de no volver a la escena internacional. Aunque si algo han demostrado los croatas es su capacidad de sobreponerse a la adversidad y convertirse en una versión baloncestística del mito griego de la “hidra de siete cabezas”, consiguiendo con pasmosa facilidad nuevos talentos que suplan los vacíos existentes.

Pablo Maroto
(Redactor independiente)

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